Lista de las Enciclopedias disponibles en Prem Rawat - LaPazEsPosible.es:
· Colaboraciones Una sección abierta a nuestros colaboradores y voluntarios. Artículos sobre antropología y cultura de paz, cuentos, poesía y temas variados.
Las opiniones plasmadas en estos artículos pertenecen a sus autores.
* Nuestro maravilloso mundo interior. JG
* Reflexiones sobre el tiempo y la vida. JG
* Hombres y Héroes (por Pilar Benito)
* La belleza de la inocencia -cuento- JG
* El comensal (por Pilar Benito)
* Por un progreso equilibrado. JG
* Sobre raja yoga -anónimo
* Un día... una vida -poesía- JG
* Autoestima. JG
* La paz te está buscando. Artículo de Airways. anónimo
* Armador de cuadros. anónimo
* El Amor y el Odio. JG
* El aliento nos llena (poesía) Anónimo
* La paz y el ser humano. (Ángel de Bilbao)
* Poema "Quisiera ser" (Felix Carmena)
* Carta sobre la Paz. (J. A. G., 12 años)
* Colaboraciones de internos penitencarios
· Mundo interior Nuestro maravilloso mundo interior
Nunca se dirá lo suficiente sobre la bondad y benevolencia de nuestro mundo interior, en gran medida por sernos desconocido, pero aun así sigue siendo un mundo mucho más importante de lo que pensamos y que da sentido a nuestras conscientes actividades cotidianas, a nuestro deambular mundano.
Conocemos una parte de nosotros que nos ha acompañado desde la infancia, la de los recuerdos y vivencias, y vislumbramos también otra muchísimo mayor, soterrada entre sueños, totalmente desconocida. Cuando de jóvenes leíamos a C. Jung llamando a esa parte por desvelar “Inconsciente colectivo”, entonces, como ahora, seguimos admitiendo con él que su inmensa realidad nos protege, que le es ajena la muerte, y que, como un océano, envuelve a esta isla diminuta llamada consciencia.
Este inconsciente interior que no dicta normas ni juzga, el gran dador que solo pide a cambio una búsqueda sincera, para el que solo cuenta lo que ya existe, no admite en su naturaleza la filosofía ni los momentos perdidos, lo que pudo ser ni lo que debimos haber hecho. No existe el perdón porque tampoco existe la culpabilidad. A este mundo interior se le ha llamado en poesía “el corazón”; en arte, “inspiración”; en yoga, “la Energía”; en filosofía, “la Belleza”, “el Bien”, “el Ser”; para los sentimientos es “el amor”; y para todos los cansados de vagar luchando en este mundo, “la paz”.
Todos buscamos esa realidad tan nuestra de muy diversas maneras y nos acercamos a veces a ella un poquito, lo suficiente para no perder la esperanza. Sin duda que se trata de una esperanza nacida cuando lo bello nos era familiar y al mirar lo teñíamos todo de hermoso, de fantasía, de misterio; y de una realidad emergente e interior, repleta de esa cualidad que de niños dábamos a las cosas: la belleza.
Y seguimos caminando y preguntándonos si algún día nos encontraremos de nuevo con ese algo que realmente nos permita disfrutar plenamente de nosotros mismos, para luego argumentar en soledad y dudar de su encuentro como si yo fuera mi propio extraño, como si de algo cultural se tratara. Pero esa búsqueda tarde o temprano puede dar fruto ya que ese algo, a lo que merece la pena dedicar nuestro interés, por naturaleza está ya dado en nosotros y también siempre hay algún camino inexplorado o alguien dispuesto a ayudar en esta dirección.
Recuerdo una hermosa conferencia -que vi en dvd- en la sede de las Naciones Unidas de Bangkok sobre este mensaje de esperanza responsable:
«La paz ha de ser una tarea individual, una búsqueda de nuestro mundo interior en el que también hay alegría a raudales, bienestar y comprensión de lo que realmente somos». (Prem Rawat)
Son muchas las voces que han proclamado que la paz como las guerras se inician, se desencadenan, se resuelven, empiezan y acaban en la mente de los políticos, de los votantes, de la gente que los apoya y de todos los demás; y escandalosa es la proporción entre los gastos a favor de la paz y aquellos invertidos en mejorar los métodos destructivos. No hay equilibrio, como tampoco lo hay en nuestra mente. Quizá la mente y el corazón o consciencia, inspiración, bien o belleza -de antes-, lleguen a formar un tándem, a alcanzar una bella simbiosis, a fraguar una verdadera identidad, que nos permita hablar de satisfacción sin sonrojo, de plenitud con honestidad y de esperanza con realismo.
J.G.
· Tiempo Reflexiones sobre el tiempo y la vida
El tiempo es uno de esos temas universales que siempre ha dado alas de pluma a la imaginación, tinta sin fronteras o nostalgias y sueños a la comunicación. Y ha sido por su carácter subjetivo, personal, vivencial, aunque hayamos llegado a medirlo en milésimas de segundo.
Ya los antiguos griegos tenían dos conceptos –y por supuesto dos palabras diferentes- para designar el tiempo. Una significaba época de vida, duración de una vida, destino, fuerza y fuente de vitalidad, uniéndolo a sí a la vida misma. La otra, “cronos”, era el tiempo en su conjunto, el tiempo de las cosas, el tiempo objetivo. Estos conceptos de tiempo como “ciclo cósmico” o como “presente vital” se oponían al profetismo de la cultura judía que hacía más hincapié únicamente en el tiempo objetivo como futuro. Así pues, hemos heredado ambas ideas sobre el tiempo: como “ser”, algo propio del ciclo vital, y como un sentido lineal desde una creación hasta un final.
El tiempo como “ser”, como momento, pasa volando o se hace una eternidad según lo disfrutemos o no. Lo perdamos, se nos escape de las manos o se nos presente como nuestro peor enemigo, siempre lo vivimos como un estado de ánimo. El tiempo de las cosas, aparte de ser nuestra referencia vital, la forma de sentir la realidad, nos indica que la vida es también movimiento, acción, mejora y superación.
Y es la superación lo que importa no es el tiempo en sí, sino cómo aprovecharlo mejor. Nos interesa cómo apreciar serenamente el valor de cada momento para llegar a vislumbrar la infinitud de cada segundo, cómo convertir el presente en eterno para que lo mejor de nuestras vivencias permanezcan en nuestro futuro presente. Cómo unir el futuro con el presente porque el futuro siempre llega como un presente diferente.
Al vivir siempre momentos distintos, como todo ser vivo cambiamos de aspecto, cambiamos de expresión, cambiamos de ideas, de trabajo, de casa, evolucionamos, pero internamente seguimos siendo los mismos de siempre. ¿Aceptamos estos cambios como semilla de algo mejor? Aceptación, que no resignación. Aceptar el tiempo nos hace sus aliados; la resignación nos convierte en sufrientes. Hay un dicho que dice: a los 18 años se tiene la cara que da la naturaleza, a los 25 la cara de la vida que llevas, y a los 50 la cara que uno se merece.
Aceptar la edad que tengamos y aceptar el tiempo que nos quede por vivir, parece una idea prudente. Hay animales que viven 14 años; otros, 200; y algunos, un día o unas horas. Y cada uno de ellos tiene el tiempo suficiente para cumplir su cometido natural. Cada uno vive lo que tiene que vivir, al ritmo marcado por esta madre naturaleza.
El tiempo aceptado, saboreado, disfrutado al máximo ya no es mejorable ni deseado como algo a repetir, es simplemente insuperable. Vivir con la máxima intensidad puede ser la mejor forma, pues, de combatir el arrepentimiento y la tristeza de la nostalgia. Y quizá el objetivo natural de esta vida, como el de cualquier especie que nos acompaña en este viaje, sea alcanzar la plenitud, una plenitud que supere las fronteras del raciocinio, una plenitud alcanzable por naturaleza que conjugue razón con sentimiento, satisfacción con responsabilidad y presente con esperanza.
J.G.
· Hombres y Héroes HOMBRES Y HÉROES
"Hay que salvar al rico,
hay que salvarlo
de la dictadura de su riqueza,
porque debajo de su riqueza hay un hombre
que tiene que entrar
en el Reino de los Cielos,
en el reino de los héroes.
Pero también hay que salvar al pobre,
porque debajo de la tiranía
de su pobreza hay otro hombre
que ha nacido para héroe también.
Hay que salvar al rico y al pobre ...
Hay que matar al rico y al pobre
para que nazca el Hombre.
El Hombre, el Hombre es lo que importa..."
León Felipe
No se andaba por las ramas el poeta zamorano. Tendría yo catorce o quince años cuando me topé por primera vez con estos versos cuyo recuerdo indeleble sigue, después de tantos inviernos, abrigándome el corazón.
En aquel entonces, hablo de comienzos de la década de los setenta, muchos jóvenes españoles teníamos la cabeza y las vísceras llenas de romanticismo revolucionario, tomábamos partido por el débil frente al fuerte, queríamos salvar a la víctima de su verdugo, liberar al oprimido de su opresor, defender al proletario contra el capital, vivíamos, en definitiva, en un mundo de buenos y malos como los protagonistas de esas novelas de Marcial Lafuente Estefanía que leían nuestros abuelos.
Así, en este orden de cosas, que un exiliado político escribiera que la riqueza y la pobreza imponen igual tiranía, que ambas ocultan al Hombre, que ambas entierran al héroe, y que hay que rescatar esa Humanidad interior que está en todos y en cada uno, y que eso es lo que importa... ¡ay!, decir que me resultaba desconcertante es poco decir; a mí esa hache mayúscula me aguijoneaba el pecho por dentro con la premura de una promesa por cumplir, de un desafío que aceptar, de una realidad por aflorar.
Tal vez aquel maniqueísmo de entonces no difiera demasiado del que flota en el ambiente de estos primeros años del nuevo milenio. Seguimos en las trincheras con no sé cuántos frentes abiertos. Los pinitos justicieros se han convertido en ocasiones en serios arreglos de cuentas. Hay quien empieza a preguntarse cuál es el bando de los malos y cuál el de los buenos.
Y, tras la polvareda que organizan al contraponerse las ideas, más allá de las fronteras y del color de las banderas, mujeres y hombres, ricos y pobres, rojos, blancos, amarillos y negros, católicos, protestantes, judíos, mahometanos y ateos, los seres humanos barruntamos que algo en nuestro interior no se doblega ante la tiranía de tales diferencias, que no se resigna a vivir en una jaula, sea de oro o de humilde madera, porque se sabe habitante del Reino de los Cielos, del reino de los héroes.
No hace mucho, tuve la oportunidad de escuchar en una emisión vía satélite las palabras de una persona realmente sorprendente. Esta persona responde al nombre de Prem Rawat y decía cosas como ésta:
«En términos muy sencillos, estamos vivos y queremos sacar el máximo provecho de esta existencia. Cuando podemos escuchar al corazón, le oímos hablar de estar satisfechos, de sentirnos plenamente satisfechos. Entre todo lo que podemos llegar a ser, entre todo lo que podemos alcanzar, nos propone conseguir la plenitud. Existe en nosotros un anhelo, una necesidad de obtener esa plena satisfacción, de lograrlo. Y ésta es la causa más noble sobre la faz de la tierra.
Nos fijamos en los héroes y a nosotros mismos no nos vemos como tales. Vemos personas que han realizado un acto increíble, un hecho dramático que los ha convertido en héroes. Personas que te sirven de ejemplo, cuya vida quieres imitar y a quienes miras con orgullo.
Y me pregunto cuándo vamos a vernos a nosotros del mismo modo, cuándo nos miraremos con orgullo —¡con orgullo!—, cuándo nos miraremos con admiración y diremos: "Aquí también hay un ser humano con el maravilloso empeño de encontrar la verdadera felicidad, de alcanzar la paz, de dar la bienvenida a la alegría cada día. Aquí hay un ser humano que ha hecho algo al respecto”.»
Prem Rawat no sólo nos insta a ser los héroes de nuestro propio corazón, a aceptar el desafío de dar a ese ser interior lo que obstinadamente nos reclama, sino que nos ofrece además su ayuda incondicional y una manera práctica para poder conseguirlo.
En ese sentido, el discurso del Sr. Rawat se aleja de cualquier tipo de filosofía, en él no hay dogma, sino herramienta; tras escucharlo, se me ocurre que esa hache mayúscula puede llegar a ser en nuestra vida algo más que una quimera, algo más que una emoción poética, por muy intensa que ésta sea y vaya por delante mi respeto a filósofos y poetas.
Texto: Pilar Benito
· Belleza e inocencia La belleza de la inocencia
Recuerdo una anécdota que me contó un amigo en cierta ocasión sobre su hijo pequeño cuando tiró una lámpara de pie sobre las cortinas recién puestas del salón de su casa. La pesada lámpara cayó al suelo rasgándolas de arriba abajo ante la sorpresa de los padres, que unos momentos antes se sentían muy satisfechos por lo bien que iban con el resto del mobiliario, pero ahora, paralizados y desencajados por aquel costoso desaguisado volvieron sus miradas hacia el pequeño. El niño miró a los padres, se hizo cargo de cómo habían quedado las cortinas, y dijo sin pensarlo: “Papá, mamá, yo os quiero”.
Nos hacen gracia estas travesuras de niños, pero todos entendemos el sabio mensaje de aquel pequeño a sus padres: qué importancia tiene todo si yo os quiero y vosotros a mí también.
Para un niño, el mundo de los afectos lo es todo; para los adultos, la infancia se ha convertido en un recuerdo. Nos hemos alejado tanto en el tiempo de nuestro origen, que los sentimientos y valores que vivíamos en aquel entonces los hemos olvidado. Olvidados, que no perdidos, ya que el niño que llevamos todos dentro, y valga el tópico, espera agazapado su momento de inocencia para sorprendernos con su belleza.
¿Acaso no sentimos la inocencia ante una puesta de sol? También las hay anodinas y pesadas o indiferentes. Nos damos cuenta de que percibir la belleza depende de nuestro estado de ánimo. Por eso, la sorpresa como la belleza o la inocencia residen en el interior de todo ser humano. No nos abandonan porque nos hayamos alejado de nosotros mismos haciendo tantas cosas que no notamos su frescura diaria, y es preciso volver a casa, recuperar nuestro mundo interior de antaño para volver a ser felices.
Por felicidad no me refiero a la del ingenuo sino aquella otra del saber estar bien con uno mismo, sin olvidar que vivimos a momentos y que estos momentos pueden alcanzar una calidad cada vez más alta. El bienestar no es algo estático, sino mejorable día a día pues cada día puede llegar a sorprendernos, de tal forma que nuestro origen llegue a serle familiar a nuestro destino. Y así, acercarnos en el suceder de nuestros días futuros a aquella hermosa infancia siempre presente.
J.G.
· El comensal EL COMENSAL
El día había sido largo y agotador.
Sin queja ni protesta alguna, me lavé las manos, enjugué mi sudor y me senté a la mesa.
—Deja que sea yo quien ahora te haga los honores —exclamó el Maestro con la más solícita de sus sonrisas—. Has de estar muy hambriento.
No se hizo esperar. En cuestión de segundos regresó con una carta de platos exquisitos y selectos vinos, las mejores cosechas de cada color.
—¿Qué significa esto, Maestro? ¿Quieres decir que puedo elegir de entre estos manjares aquellos que se me antojen?
—Digo que puedes saciar tu apetito con las imágenes que en ti evoquen o sugieran los nombres de tan suculentos preparados.
—Pero mi hambre es de verdad, ¿cómo voy a satisfacerla con imaginaciones?
—protesté asombrado.
El Maestro volvió a sonreír, esta vez con cierta picardía, me sirvió un buen cuenco de arroz con verduras y una jarra de agua fresca, y sentenció:
—Sólo espero que aprendas a dispensar a tu corazón el mismo tratamiento que proporcionas a tu estómago.
Pilar Benito
· Progreso equilibrado Por un progreso equilibrado
“El progreso consiste en la realización de las utopías”, decía con su habitual elegancia Oscar Wilde. Inherente al ser humano, en la sima misma de su naturaleza, se asienta la que tal vez pueda ser considerada la utopía de las utopías: el deseo de paz. En el mundo que nos rodea, las tensiones, los intereses encontrados y los conflictos parecen inevitables. Políticos, ideólogos, científicos, organizaciones de todo tipo nos ofrecen diversas propuestas que pretenden dar respuesta a esa búsqueda, a ese anhelo que todos compartimos más allá de nuestras diferencias.
Tenemos una clara tendencia a encaminar nuestra búsqueda hacia el exterior, a esperar que las respuestas nos lleguen desde fuera. Trasladamos a otros nuestra primordial responsabilidad de satisfacer ese innato deseo de paz. Sin embargo, tal vez si cambiáramos de dirección y miráramos en nuestro interior, descubriríamos que la paz no es solamente el más genuino de los sueños, sino que es además una posibilidad. Y descubriríamos también que es tarea nuestra el conseguir que la utopía se realice, que el sueño se cumpla, que esa posibilidad llegue a ser una realidad.
Sobre este tema se habló en la Primera Conferencia sobre la Paz celebrada en la Universidad de Salamanca donde el Sr. Prem Rawat, expuso:
“La paz es un deseo fundamental de todo ser humano que ha de ser reconocido y satisfecho. Tiene que convertirse en una realidad. Y es en nuestro interior donde encontraremos las respuestas que nos conducirán a la paz. No hallaremos esas respuestas en lo externo. Están grabadas en las páginas del corazón de cada ser humano, sin importar quién sea, cuáles sean sus creencias, lo que haya hecho en su vida o lo que le quede por hacer. En el momento en que comenzamos a sentir esa necesidad de paz en nuestra vida, estamos aportando un granito de arena para que la paz llegue a ser una realidad. Mi sueño es que todas las civilizaciones, todas las personas que habitan la faz de la Tierra, lleguen a estar en paz.”
Conocer la paz, conocerse a uno mismo, es la aspiración más elevada que un ser humano pueda tener. No hay nada más noble que conocer la fuente misma de la belleza. No hay nada más apasionante que descubrir una realidad intuida tantas veces en nuestros sueños, anhelos y esperanzas. Y este descubrimiento ha de ser tan individual como nuestra aspiración, no puede estar basado en ideas o filosofías ajenas, pues algo así sería aceptable para nuestro intelecto pero no para nuestro corazón.
Este afán de conocer, la atracción que sentimos por la aventura de descubrir forma parte de nuestra naturaleza. Deseamos estrenar cada día y vivir cada momento como algo irrepetible; no nos gusta lo aprendido, lo estipulado, lo asumido. Estamos enamorados de la vida que se despliega a cada instante.
El auténtico valor de la existencia, cómo obtener un mayor provecho de esta vida partiendo de nuestro interior, cómo llegar a sentirnos seres humanos felices y completos, son algunos de los temas de los que el Sr. Rawat habla en sus conferencias.
Su esfuerzo por difundir un mensaje de paz tan esperanzador como realizable, tan utópico como cierto, es digno de respeto y agradecimiento.
J.G.
· Sobre yoga La Respiración nos lleva al corazón
Desde hace miles de años la Humanidad ha practicado sin descanso la observación de los fenómenos de la naturaleza: desde las cualidades más nimias de las plantas hasta las espectaculares evoluciones de estrellas y planetas; animales y fenómenos atmosféricos o materiales para hacerse la vida más cómoda tampoco han escapado a esta constante observación que nos caracteriza como seres inteligentes. Todo ha sido observado, clasificado, explicado, enseñado. A cada descubrimiento seguía un secreto y a cada explicación, un mito necesario. Cada ciencia, técnica, arte o religión puede haber sido en sus orígenes una fructuosa observación trasmitida de generación en generación.
No deja de ser curioso que, cuando ningún aspecto de la vida y de lo que nos rodea ha pasado inadvertido en esta larga historia, la respiración parece haber caído en el cajón de los secretos, o de los poderosos. Pero no ha sido así en todas partes, al menos en Oriente se ha popularizado, se ha impuesto al mito como explicación del mundo. Ha llegado, incluso, a generar escuelas y técnicas (yogas) sin ese dios externo de las teologías occidentales.
El yoga se ha liberado de la religión, del dogmatismo filosófico de lo que debe ser, de la norma. Llega a Occidente con las primeras traducciones de los Vedas y se sigue estudiando en universidades, no como una disciplina independiente sino racionalizada como “pensamiento oriental”, cuando de pensamiento tiene muy poco y de vivencias personales un mucho.
Mircea Eliade, prolífico escritor y famoso antropólogo del siglo XX, inicia su descubrimiento del yoga en el ashram de Rishikesh a los pies del Himalaya hacia 1931. “Este descubrimiento para una mente europea es realmente apasionante” dice en el Prólogo de su libro: Yoga, Essai sur les origenes de la mystique indienne. Obra que publica en 1936 después de tres años de estudios en la Universidad de Calcuta.
Bajo el concepto general de “yoga”, extraemos de su libro, como unión o ligadura yuj, se han incluido todo tipo de métodos ascéticos, espirituales, creencias filosóficas, cualquier tipo de meditación, prácticas iniciáticas e incluso otras formas populares y mágicas de yoga menos ortodoxas. De ahí la gran variedad de escuelas y de técnicas yóguicas a lo largo de los siglos y lo vago que es este concepto para un pensador occidental.
Entre los siglos II y III d.C., Patanjali colecciona por escrito todas las prácticas técnicas y ascéticas relacionadas con el yoga. Estas prácticas, cuyo origen se pierde en el tiempo, pertenecen a la tradición de los yoguis y místicos hindúes. Patanjali no solo recoge todas las ya aceptadas como válidas por la tradición, sino que elimina por exclusión las prácticas populares de carácter mágico. Entre las creencias y prácticas más antiguas tenemos el poder mágico de los sonidos como los mantras, de las visualizaciones -mandalas-, del tantra, los chakras, los poderes del cuerpo de diamante, etc, que han desembocado en formas religiosas populares como los excesos del tantrismo, el chamanismo, el culto a Dharma, a Sakti –gran diosa de la fertilidad-, a multitud de dioses y diosas menores como hadas, diablesas, genios, Yaksa, Sitala, Olabibi y un largo etcétera.
Patanjali no es el creador de las técnicas yoguis sino el recopilador de la tradición más antigua que se ha llamado Samkhya. Esta tradición, filosofía o práctica yóguica se caracteriza básicamente por un concepto débil de la divinidad como ente creador ajeno al individuo. Se podría considerar como un sistema ateo en relación con la tendencia posterior brahmánica que refuerza la creencia en un dios supremo. Parece que la tradición más antigua de Samkhya, lejos de desaparecer, ha seguido generando numerosas escuelas, ajenas a este desarrollo religioso posterior.
No hay grandes diferencias ideológicas entre el sistema Samkhya y el yoga posterior, cuyo exponente más representativo es el Bhagavad-Gita. El yoga siempre ha buscado evitar el sufrimiento –que no debemos identificar con dolor- mediante la concentración en el Yo o atman. Conociendo el Yo se obtiene la “liberación”. Al conocimiento del Yo, o de uno mismo, se llega por el camino del yoga, mucho más recomendado en el Bhagavad-Gita que el camino de la ascética, la ciencia, del sacrificio o de otras actividades mágicas del sistema Samkhya.
Otra idea fundamental y común a ambas escuelas de yoga es la necesidad de un maestro transmisor del conocimiento relativo a las prácticas. El yoga, aparte de un espíritu práctico tiene una “estructura iniciática: no se aprende solo, es necesaria la dirección de un maestro” (Mircea Eliade, o. c. pág. 19). La necesidad de un maestro es inherente a todas las escuelas y prácticas yóguicas.
Este concepto de maestro iniciático resulta extraño a la mente occidental, racionalista y acostumbrada a separar la experiencia de todo lo relacionado con el mundo interior. La experiencia por antonomasia es la experiencia sensorial; el mundo interior pertenece al campo de la psicología, del arte, de la espiritualidad y de la mística. Sin embargo, en las ciencias sociales, esta postura racionalista se compatibiliza con el mundo de las emociones. Las emociones curan, han de ser racionalizadas para utilizarlas científicamente. La Psicología ha abierto en el s. XX el campo al mundo interior, pero el yoga ya lo ha hecho más de mil años atrás.
Pero el mayor obstáculo para descubrir libremente el mundo interior no viene de la ciencia sino de la religión tradicional. Para la religiosidad occidental, la parte más profunda del ser humano no es alcanzable en este mundo, ni a través de unas técnicas ni de un maestro. El concepto de maestro es único, irrepetible, elevado a una categoría divina. Se ha perdido la tradición del maestro iniciático en el devenir de nuestra historia social y religiosa.
Y es una verdadera pena, porque estos y otros conceptos son los principales obstáculos con que nos encontramos en Occidente para entender y aprovecharnos de la enorme riqueza que el yoga puede proporcionar al individuo y a nuestra cultura. Una cultura de paz que se vería renovada por la responsabilidad individual de buscar la paz; y sostenida por una forma de disfrutar individualmente de nosotros mismos que nos permitiera sentirnos libres de verdad.
Anónimo
· Un dia... una vida Si fuera hoy mi último día...
y sus momentos, contados…
En este día que, como uno de tantos, viaja a un irremediable ocaso,
reconsideraría serenamente el inapreciable valor de cada momento
y me sumiría en la infinitud de cada segundo
convirtiendo el presente en eterno,
convirtiendo el silencio en admiración,
el asombro en deleite,
y el gozo en entrega.
Y segundo a segundo me aliaría con mi enemigo el tiempo...
haciendo de la nada mi castillo y del instante una realidad amable y amada,
y en el fondo de esta envolvente nada cotidiana,
buscaría la única salida:
la que siempre me ha acompañado con sus respuestas,
la que siempre presente me ha permitido recurrir a ella en los momentos más oscuros y ante la cual,
como un amante infiel,
me rendiría a su evidencia y me haría merecedor de su amor inquebrantable.
Momento a momento me desharía de los pasados inciertos…
recordando mis preciados momentos de amor
como partes de mi ser,
de mi voluntad de eternidad
y volvería a mi castillo interior en busca de alivio
de compasión
permaneciendo en él anhelante ante el último suspiro de su aliento.
JG
· Autoestima ¿Autoestima = Dignidad?
Solemos comparar nuestro “nivel de vida”, que por cierto es un concepto bastante relativo, con el de otros países, grupos sociales o personas de nuestro alrededor cotidiano, como si “nivel de vida” fuera igual a nivel de comodidades, sin las cuales la vida se volviera indigna; como si un cierto nivel fuera imprescindible para vivir con dignidad; y he aquí otro concepto curioso, el de dignidad.
Parece ser que llegando a un cierto bienestar económico alcanzamos algo así como “una vida digna”, un estatus que nos hace pensar que somos más persona por tener unas “necesidades mínimas” cubiertas como agua corriente, lavadora, TV, penicilina o automóvil. ¿Y qué pensaríamos de aquellos antepasados nuestros? ¿Son por eso menos dignos a la vida que nosotros? No nos sirve el que a la dignidad la llamaran “honra”. Al contrario, seguimos preguntándonos por el permanente sentido de una vida digna. Por no hablar del concepto de “muerte digna”: en la casa, sin dolor, acompañado de los seres queridos, en paz… Es curioso, pero hace unas décadas muerte digna significaba morir confesado.
“Dignidad” parece una idea social en función de los valores de una época. Los tiempos cambian, los avances tecnológicos nos inundan emergentes día a día, las costumbres nos amoldan a los nuevos valores, los intereses nos dividen, la política nos confunde, la televisión nos entretiene y los amigos también. Pero el ser humano sigue siendo el mismo. Las mismas preguntas de antaño siglos ha, las mismas inquietudes ante la vida, los mismos temores, ilusiones, esperanzas, logros. Pero también parece lógico que el concepto de dignidad tenga el mismo origen en todas las épocas, que proceda de la misma semilla de la autoestima y orgullo de ser uno quien es.
Cojamos al toro por los cuernos, ¿con qué identificamos nuestra vida?, ese es el centro de la cuestión. Y otra pregunta clave podría ser: ¿qué valores tienen prioridades en ella y qué necesitamos realmente para sentirnos dignos de nosotros mismos?
Si hablamos de prioridades, pongamos la satisfacción en lugar relevante. Si vivimos las identificaciones, asociémonos a nuestro ciclo vital más elemental. Si valoramos funciones, démosle paso al sentir. Si estamos pensando en mejorar, busquemos la excelencia. En realidad, satisfacción, vida y sentimiento han sido y siguen siendo el motor básico de nuestra historia personal. Volvemos a sí a nuestra autenticidad más elemental, a nuestras necesidades más simples, las más dignas y fiables por duraderas. Si hemos de encontrarnos a nosotros mismos que sea en lo más sencillo, en lo más universal, en lo más humano y atemporal, generando así un auténtico sentido de la dignidad que nos permita dar más cuanto más llenos estemos de nosotros mismos.
J.G.
· Artículo de Airways LA PAZ TE ESTÁ BUSCANDO
...Hay un océano de respuestas dentro de ti. Hay un océano de paz dentro de ti. Sé que lo que siempre hemos escuchado es que los seres humanos buscamos la paz. ¿Qué pensarías si te digo que la paz te ha estado buscando a ti? ¿Sabes cuántas veces os habéis cruzado en el camino? Muchas...*
Que alguien afirme algo semejante en un mundo que comienza a parecerse a un alarmante y gigantesco campo de minas resulta, cuando menos, curioso; y si tras captar nuestra atención durante unos minutos nos inspirara un mínimo de credibilidad, acabaría por ser una noticia bastante esperanzadora para todos nosotros.
Y es que no es sólo lo que los medios informativos nos cuentan lo que nos empuja a vivir en permanente estado de alerta, a veces la sensación de que una palabra mal dicha o un gesto inapropiado pueden dar al traste con la mejor de las relaciones —personal, vecinal, laboral...— es tan patente que nos mantiene en unos niveles de tensión emocional disparatados, haciéndonos concebir y realizar mil y una proezas con el fin de atisbar un poco de serenidad. Las hay para todos los gustos, desde ir al campo los fines de semana a correr con tu perro, a retirarte al Himalaya en plan eremita a perseguir el nirvana que con tanto lirismo se describe en las ancestrales escrituras del Oriente; desde encerrarte en casa a ver el fútbol con unas cuantas cervecitas, a comprarte un telescopio para otear el firmamento en busca de alguna constelación de la que aún no conozcas ni el nombre; desde firmar frágiles tratados tras interminables reuniones de equilibrios imposibles, a marchar con los brazos caídos y las palmas de las manos pintadas de blanco por las amplias y capitalinas avenidas de Occidente. Queremos y necesitamos paz, de eso no cabe la menor duda. Nos servimos de todos los recursos a nuestro alcance con tal de encontrar ese poquito de sosiego, con tal de arribar a esa orilla calma de la que guardamos un vago y nostálgico recuerdo. Como esos amnésicos que reciben fogonazos incontrolados de un enigmático pasado, y se disponen a seguir su pista para recobrar un mundo al que intuyen que una vez pertenecieron.
Hemos llenado nuestra agenda con un sinfín de quehaceres que supuestamente habían de procurarnos llegar donde deseábamos llegar, pero quizá en nuestro afán por cumplir con todos ellos hemos perdido de vista el punto de partida. Quizá para muchos de nosotros esa agenda se ha convertido en un entramado de responsabilidades y compromisos que nos ha llevado al olvido, que nos ha alejado de nuestro deseo primordial.
...Te encuentras con ese niño de diez años. Lo miras a los ojos y ¿qué ves?, ¿qué es lo que te resulta tan fascinante en ese niño de ocho o diez años? En sus ojos ves la misma pasión que tuviste una vez. La misma sed y el mismo deseo de hacer lo que siempre has querido hacer. Te resulta familiar. Has llevado a cabo tu viaje, has experimentado esto y aquello, has visto mundo, has visto tantas cosas... Y ahora vuelves a estar contigo mismo, de nuevo en ese lugar donde escuchas: “Haz lo que siempre has querido hacer”. ¿Y qué es? ¿Debería decírtelo? Si te lo digo, vas a contestarme: “No, no es eso”. Así que no te lo voy a decir. Pero sé que tú lo sabes. Sé que tú sabes que algo en tu interior tiene sed de sentirse totalmente satisfecho... *
Personalmente, encuentro asombroso que mi secreto más íntimo quede al descubierto, expuesto al público en voz alta y con palabras tan sencillas; que esa identidad alojada en mis adentros sea alcanzada de manera tan certera por un interlocutor que no me ha preguntado ni cómo me llamo, que no se muestra interesado en saber cuál es mi nacionalidad, mi raza, mi rango social o mi posición económica. El discurso del Sr. Rawat está lejos de cualquier articulación conceptual, partidista, confesional o filosófica. No apoya una ideología determinada, ni entra en conflicto con ninguna de ellas. No defiende un estilo de vida en particular. Es nítido y rotundo, simple y profundo. Transparente, tan transparente que el oyente puede verse reflejado en él como en un espejo.
...Quizá pienses: “Ya he oído esto antes. Me gusta Está muy bien. Es inspirador”. Esto es lo que quería decirte. Si tienes sed, yo tengo agua. Si no sientes sed, entonces todas mis palabras carecerán de sentido para ti... El día en que sientas esa sed y tomes la decisión de satisfacerla, búscame, puedo ayudarte. Es a ello a lo que me dedico, no me limito a decir palabras bonitas, algo sobre lo que conversar mientras tomamos un café...*
¿Y si fuera verdad que la paz está buscándome y hoy, en este preciso momento, estuviera cruzándose en mi camino de nuevo? ¿Y si en mi interior albergara la respuesta anterior a todas las preguntas y se me estuviera presentando la posibilidad de acceder a ella? Sería algo así como conocer el camino de vuelta a casa y tener las llaves bien a salvo en el bolsillo interior de mi chaqueta. Cada vez que quisiera, podría guarecerme del frío, podría descansar a refugio de cualquier inclemencia. Si, como el propio Prem Rawat asegura, en su mensaje hay algo más que palabras, creo que tenemos sobrados motivos para sentirnos esperanzados.
...Puede que no estés interesado en lo que te estoy ofreciendo, tal vez no quieras volver a ver mi cara nunca más. No tengo ningún problema con eso. Pero dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, lo que quiera que sea que decidas hacer, vive esta vida con un poco de conciencia. Intenta llegar a ese lugar dentro de ti donde puedas sentirte agradecido por cada aliento, por cada día. ¿Sabes por qué? Porque tú sabes que hay algo que siempre has querido hacer. Hazlo...*
Anónimo
*Fragmentos recogidos de una conferencia pronunciada por Prem Rawat en Barbican (Reino Unido) el 23 de julio de 2002.
(Las fotos han sido enviadas con el artículo)
· Armador de cuadros El armador de cuadros
Llevaba años trabajando en aquel pequeño taller, y cuantiosos eran los cuadros y pinturas de los maestros locales que pasaban por sus manos. De hecho, estaba considerado como un verdadero artista en el círculo más amplio de autores que lo visitaban.
Sus marcos, de excelente calidad, sin alcanzar la exclamación de geniales que pudieran empequeñecer la obra de sus creadores, en maderas nobles, repujados y acordes siempre con el gusto de los clientes podrían constituir por sí mismos un valioso fondo entre todas las obras de arte que se han hecho en el mundo.
Su fama se acrecentaba semana a semana, por algo les dedicaba tantas abnegadas horas de su vida al día. El número de personas cada vez mayor que le traían sus cuadros, y que ahora se convertía en una nutrida clientela, veía en él no solo un artista dedicado sino un humanista de inagotable inspiración, a la vez que un ser amable y entendedor de sus gustos y sutilezas.
Nuestro hombre, al recibir los cuadros, observaba al portador, sus intereses, su forma de pensar, si la pintura iba dedicada a una mujer, si su destino lo llevaría a decorar una habitación o a convertirse en el centro de una velada en un hermoso salón.
Cogía el cuadro entre las manos, lo medía, calculaba el grosor de la madera, adivinada las ideas más bellas en la forma de hablar de su interlocutor para plasmarlas en la artística aureola envolvente de la madera; luego lo guardaba y seguía con el siguiente cliente: estudiaba su personalidad, su colocación final, lo medía, sopesaba los detalles de nuevo…
Se movía entre marcos y clavos, con la cola de pegar e instrumentos de medir, rodeado de las más caras maderas, martillo en mano, lapicero sobre la oreja derecha siempre a mano para el más leve apunte sostenedor de su inagotable imaginación.
Y así hora tras hora y semanas y años dedicado a esta labor. Se le daba muy bien aquello de enmarcar cuadros, y sabía, no sin cierto desasosiego, que la admiración por su obra crecía entre su clientela. Cada vez más personas le traían cuadros y fotos, y día y noche lo ocupaba en este menester, enmarcando, enmarcando, enmarcando sin cesar.
Entonces, salía del taller para descansar entre sorbos de café o té, mirar el reloj, otear el sol de la tarde, ¡qué cansado estoy!, se decía, y volver a su labor de artesano.
Sin embargo, los bellísimos cuadros de excelentes colorido y composición seguirían pasando por sus manos hábiles sin que sus ojos ni espíritu vislumbraran el mínimo atisbo de satisfacción en su contemplación. Él vivía entre maderas preciosas, entre sol y sol encerrado en su taller, preso de los compromisos, de los gustos de sus clientes, pendiente de los otros, cautivo en su papel de artista. ¿A esto voy a dedicar mis días?, se preguntaría en repetidos momentos de fugaz claridad.
La vida trascurría igual y su tiempo declinaba los días irremediablemente: los contratos no cesaban de llegar y nuestro artesano seguiría, tan ocupado como siempre estaba, sin que aquel fugaz anhelo de esperanza llegara a hacerse realidad.
Y tras media vuelta, volvía de nuevo la inquietud. ¡Menos mal!, pensó, que todo queda en el recuerdo. El despertar le trajo nuevos ojos de esperanza.
· El Amor y el Odio El Amor y el Odio
El Amor y el Odio, dos fuerzas complementarias y opuestas, quedaron plasmadas en la mitología griega como principio creador universal: concentración y dispersión, nacimiento y muerte, yin y yang que dicen en Asia. Creación y destrucción que sentimos como amor y odio en nuestra relación con los demás. Una nos une en multitud de facetas, otra que nos separa en constante rodar universal.
Cuando nos sentimos atraídos por el cariño y el candor de los niños pequeños vemos que es nuestra naturaleza, la parte no cultural, la que se siente identificada con ellos, el Amor. Hay algo en ellos que nosotros también tenemos o hemos tenido o deseado en algún momento de nuestras vidas. Nos une una naturaleza común, sin saber muy bien cómo definirla. Quizá sea el instinto de supervivencia, quizá unos valores colectivos, quizá el olvido de nuestra propia niñez la que actúa de reclamo en esa mirada.
Lo que sí parece cierto es que la naturaleza busca la supervivencia, la continuidad de la especie. No sobreviviríamos si esa continuidad se basara en el odio y la lucha de todos contra todos desde nuestra más tierna infancia. Parece que no es así. Y no es así por pura lógica, el odio separa, distancia, disgrega; el amor, une, atrae, consolida. Así pues, como decía el filósofo Julián Marías, el odio es estéril. Y al contrario, el amor es necesario para que haya continuidad, para construir sociedades, para transmitir la vida y para disfrutar de ella.
Siempre se ha creído que disfrutar de algo está reñido con la responsabilidad, con el compromiso. Siempre hemos pensado que el trabajo, la educación, la familia son responsabilidades serias y por tanto las colocamos enfrente de la diversión, de la aventura en libertad, del disfrute, como si hubiera dos clases de amor: el necesario por obligación, y el disfrutable por elección. Pero esta polaridad no se da en el mundo interior. Dentro del ser humano, el impulso que nos lleva a atender a nuestra familia, a realizar las tareas con la máxima atención no es diferente del que nos empuja a conocernos a nosotros mismos o a disfrutar de la belleza y de la paz interior. De hecho, no existe tal diferencia; una vez que conseguimos disfrutar de nuestro mundo interior y sentirnos libres, éste nos acompaña allá donde vayamos y hagamos lo que hagamos. Como bien dice el Sr. Rawat:
“En el corazón de cada ser humano existe ese espacio que es libre, que está lleno de paz. Existe una belleza incomparable dentro… Cuando todos te dejan de lado, puedes ir hacia adentro. Cuando quieres estar con todo el mundo, aún entonces, puedes ir hacia adentro y experimentar esta belleza”.
· El aliento nos llena (poesía) Anónimo Movimiento y quietud.
El aire nos llena como se llena el pozo:
de abajo arriba, de adentro afuera
en eterno e incesante movimiento
en amable y sosegada quietud
como el volar de un pájaro
como el vaivén de la mies
como el subir de la marea
el andar quedo
o el mirar perplejo.
El aliento nos trae movimiento y quietud
Dando al instante su belleza
Al presente eternidad
A la vida su sentido
Al sentido realidad
Y al qué dirán, el olvido.
El aliento nos llena…
Nos llena de poder
De poder sentir
Lo que siempre hemos querido.
¿Quién puede amarnos así?
¿Cómo, por qué y hasta cuando?
¿Quién es este mensajero?
¿Por qué vivimos tan ciegos
que ni oímos ni vemos
ni sentimos ni gozamos
de una belleza tan bella?
Anónimo
· La paz y el ser humano Cuando veo un niño pequeño ¿qué veo?
Veo la inocencia, la sencillez, la hermosura, la paz. Esta personita dulce, de mirada serena, cuyos ojitos son más hermosos que ninguna esmeralda, más brillantes que un diamante y más cálidos que el mismo sol. Esta cosita indefensa, desvalida, tiene el potencial de atraer la atención, de cautivar, de hacerte prisionero de sus encantos. Este ser manso, cuya paz es incuestionable, de mirada directa, sin juicios, literalmente nos encanta.
¿Por qué nos encanta?
Los ojos de un niño son un espejo puro donde podemos mirarnos sin miedo, recordar que un día también la belleza nos impregnaba. Quizás incluso podemos sentir su dulce sonrisa acariciándonos por dentro con suavidad casi imperceptible. Tal vez, aunque sea por un instante, podamos ser agraciados con el contagio benigno de su libertad. Incluso podríamos descubrir que ese niño que un día fuimos sigue vivo dentro de nosotros, en alguna parte, olvidado, esperando ser redescubierto, porque ciertamente está cubierto por demasiado tiempo de olvido.
¿Qué nos ha pasado?
Un niño cuando es pequeñito sabe satisfacer sus necesidades más básicas. Cuando el hambre, el dolor, la falta de afecto o cualquier carencia que rompa su equilibrio, se manifiesta, tiene incorporada de serie esta respuesta automática que se llama llanto; es un arma que sabiamente utiliza para estabilizarse y su queja es tan persistente que se hace ineludible para su madre, quien le socorre y aplaca su necesidad, recuperando de nuevo el niño la tranquilidad y la paz. Y la madre también, dicho sea de paso.
Hemos crecido
Ha crecido nuestro cuerpo, los espejos nos lo han contado. Se ha desarrollado, sin duda alguna, nuestra mente. No hay mas que echar una ojeada a nuestro alrededor y ver las innumerables cosas que hemos creado, sin embargo y aún con todos los cambios por los que hemos pasado, ese llanto de ese niño que llevamos dentro no ha cesado, seguimos necesitando ese sosiego, seguimos necesitando calmar nuestra sed de paz. Esa paz mayúscula que ejecuta ese numerito mágico de otorgar al niño esa belleza singular que tanto nos atrae.
Ahora, con el paso del tiempo, hemos olvidado la habilidad que teníamos de estar en paz. Con la intención de sofocar el deseo natural de plenitud, hemos desarrollado en su lugar hábitos que se han hecho costumbres y casi leyes en nuestras vidas, que nos han proporcionado un seudo bienestar, una tranquilidad artificial demasiado quebradiza, la paz de montaña, la paz que depende de una playa, la paz cuya puesta en escena, está sujeta a que todo esté en su sitio. Nos hemos conformado con nuestra paz minúscula, hecha a medida, para eludir la auténtica sed de la auténtica paz cuya búsqueda nos resulta tan fastidiosa.
Seguimos siendo niños
Nuestro comportamiento es idéntico al del niño, en el fondo, que no en la forma, es decir, buscamos lo mismo, pero él lo busca dentro de sí y entra en contacto con esa esencia que ya es, y se beneficia de sus atributos. Nosotros fabricamos “circunstancias idóneas” con la intención de que sustituyan a la paz y lejos de calmarnos, nos frustran, nos vacían, nos hieren.
Cuando nos olvidamos de nosotros, se desencadena lo inevitable, cuando lo más básico que yace en el ser humano, es ignorado en demasía, surge el caos. Cuando abandonamos la sencillez, todo se complica; cuando dejamos de lado la paz, nace una guerra dentro de nosotros. Es entonces cuando tenemos esa predisposición a la lucha y cuanto más te dejas envolver por esa ausencia de paz mas crece la ira, más crece el odio. Es un camino que se aleja de nuestra propia casa y en éste estado de desnudez, desprovisto de la necesidad primaria, el hombre puede cometer atrocidades y lo que toca se vuelve estéril. La intolerancia, la ira, el miedo, la violencia, el dolor... son los frutos amargos de la guerra, consecuencia de la ausencia de paz.
10 razones para la paz
1. Sin la brújula de la paz, es inevitable perderse en el laberinto de la mente.
2. Sin paz, no hay alegría, sin alegría no hay vida, es una carga.
3. Las fórmulas que no contemplan la raíz del problema, no pueden solucionarlo.
4. La paz auténtica, no es un lujo, ni pasatiempo, ni moda. Es una necesidad fundamental del ser humano.
5. La paz verdadera no tiene que ver con p-a-z, es un sentimiento que no se puede describir hay que sentirlo.
6. Como el gusano pasa por la metamorfosis para ser una mariposa, también el ser humano tiene que pasar por su sinceridad para encontrar la paz.
7. La paz se manifiesta dentro del ser, cuando se siente puede expresarse en el exterior.
8. Cuando sientes la paz, no eres otro, eres tu mismo.
9. La paz sienta muy bien y no tiene efectos secundarios.
Aquí solo hay nueve ¿tienes tú una razón para la paz?
Autor: Ángel de Bilbao
· Poema Quisiera ser
Quisiera se catedral
sin santos y sin paredes
sin techos y sin altar
solo un espacio vacío
al que poder adorar.
Quisiera ser una escuela
sin maestros y sin libros
sin nada sobre el pupitre
quisiera ser ese libro
que solo dios ha leído
Quisiera no querer nada
ni estar muerto ni estar vivo,
quisiera solo sentir
el gran aliento divino
Quisiera pero no quiero,
morir cuando estoy dormido
quisiera ser ese rostro
humano, pero divino
quisiera estar embriagado
sin ingerir ningún vino,
quisiera mirar atrás
y no ver ningún camino.
Quisiera que me quisieran
como los mares adoran
sin importar si eres río
o solo una simple roca,
o el plumaje de un gorrión
meciéndose con las olas
Quisiera pero no puedo
soñar como caracola
al soplar el suave cierzo
entre la luz y la sombra.
Autor: Felix Carmena
· Carta sobre la paz por un alumno de Primaria La Paz hay que sentirla.
La paz que todos y todas buscamos solo existe en el corazón. Solo hace falta sentirla. La paz comienza en cada ser humano, es algo que cada persona debe experimentar en el corazón, hacemos muchas cosas para intentar sentirnos mejor. Siempre buscando motivaciones fuera, pero ¿qué hay dentro de nosotros, de nosotras? ¿Qué nos empuja a querer ser más felices, a estar más en paz?
La paz es como una semilla que espera florecer y no le importa, si eres rico, rica o pobre, si eres blanco o de color. No le importa el país donde vivas pero si le importa el agua para florecer, ¿Somos nosotros, nosotras esas semillas esperando florecer?
Debemos sentirnos felices con nosotros, con nosotras mismos-as, satisfechos con nuestra vida, con lo que hacemos, porque la paz está en el interior, en el corazón de cada ser.
La ausencia de guerra, no es paz porque somos nosotros, nosotras quienes las comenzamos. Cuando las diferencias son grandes y se es intolerante, aparece el conflicto, cuando no consigo ver al otro, como a mí mismo estalla la guerra.
Siempre que comienza una guerra en el exterior ya antes había comenzado en el interior del individuo. Si conseguimos que la paz florezca en nuestro interior, florecerá también en el exterior, en nuestro entorno, en la familia, en los las amigos-as, en el colegio, en la ciudad, en nuestro país y en el mundo entero. La paz será posible porque la hemos sentido.
J. A. G.
12 años
6º de primaria
Reflexión hecha después de escuchar la conferencia de Prem Rawat "Peace Needs To Be Felt" para las Naciones Unidas en Bangkok Thailandia.
Puedes leer otros artículos en
www.fepeleduca.org
· Colaboraciones y noticias desde cárceles Carta de una interna de Soto del Real
Esta es la carta de agradecimiento que hemos recibido y que divulgamos por su valor humano
"Miércoles 03-12-2008, ¡Hola! Hoy recibí su carta y no saben lo bien que me hacen sus lecturas, ya que siento un gran apoyo y una Paz interior que me hace vivir y no perder la esperanza para seguir adelante. Estoy muy contenta con cada carta porque me llena de alegría y me ha ayudado a abrir la mente, y a tener un poco más de confianza en mi misma y no desesperarme. A todo esto les agradezco su apoyo por dedicar su tiempo para mí. De antemano muchas gracias por todos los mensajes. Un saludo fuerte …………. Desde Soto del Real Madrid V."
Felicitación de Navidad enviada por internas de una cárcel de España

La felicitación navideña incorporaba este texto
"El único superviviente de un naufragio llegó a una isla deshabitada. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado y cada día divisaba el horizonte en busca de una ayuda que no llegaba. Cansado, optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los elementos y guardar sus pocas pertenencias. Entonces, un día tras merodear por la isla en busca de alimento, regresó a la cabaña para encontrarla envuelta en llamas, con una gran columna de humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había ocurrido: lo había perdido todo y se encontraba en un estado de desesperación y rabia. ¡Oh, Señor! ¿Cómo puedes hacerme esto?, se lamentaba. Sin embargo, al amanecer del día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a salvarlo.
- ¿Cómo supieron que estaba aquí? -preguntó el hombre a sus salvadores.
- Vimos su señal de humo -contestaron ellos.
Es muy fácil descorazonarse cuando las cosas marchan mal. Recuerda que cuando tu cabaña se vuelva humo, puede ser la señal de que la ayuda está en camino.
Poema de un interno de la prisión de Camp Hill. Inglaterra.
El 27 de abril, treinta reclusos asistieron a las dos sesiones sobre las ventajas de la paz individual que promociona Prem Rawat
La prisión de Camp Hill, situada en las afueras de Newport, en la Isla de Wight, fue construida con mano de obra reclusa e inaugurada por Winston Churchill en 1912. Es una prisión dedicada a la reinserción.
"Si los deseos del corazón, la paz los satisface
mientras el pasado y el futuro contra mí conspiran
para herirme y engañarme...
Si la Paz puede caldear mi edad
y consolarme cuando me hago mayor
entonces, todo lo que necesito es Paz.
Si la Paz puede calmarme con sus encantos
y suavemente arrullarme en sus brazos
y ser mi refugio en la tempestad...
Si la Paz puede arroparme en su amor
cuando las nubes en el cielo ciernen su amenaza
Entonces, puede mantenerme a salvo.
Si la Paz ilumina la oscuridad
y como un leal defensor
va extinguiendo mis dragones
Entonces, necio sería dudar
que la paz pueda llegar
a desterrar mis temores...
Si la Paz siempre será una aliada
una amiga en quien apoyarse
para borrar mis fatigas...
Si la Paz atenderá mis oraciones
y gentilmente mis temores borre
Entonces la Paz puede salvar a la Humanidad."
Autor: T. E.
|
|